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¿Es posible descubrir corriendo?

¿Es posible descubrir corriendo?

   Muchas veces me pregunto cuál es el significado de la vida. Las últimas semanas han sido de mucha intensidad y contrastes; tantos que son muchas las ideas para encontrar la mejor forma de comenzar esta entrada. Los tiempos que vivimos nos exigen una rapidez que pocas veces nos deja observar detalles, esencias y señales que nos alejan del verdadero valor que tenemos como seres humanos.

   Hace unos días junto a grandes amigos (Federico Pisani-Ivan Calderon y Ruben Cova) emprendimos una expedición express al Auyantepui que tenía como objetivo respondernos la siguiente pregunta: ¿Es posible descubrir nuevas formas de hacer las cosas en el siglo XXI?

   El Auyantepui es una de las montañas con mas diversidad en el planeta, sus 700 km2 de superficie lo convierten en un territorio conformado por intensas selvas, sabanas y escarpadas paredes de cuarcita que separan las distintas mesetas que se erigen hasta los 2450msnm.

   El abrupto desnivel entre el valle de Kamarata y el punto más alto de la montaña hacen prácticamente impredecibles los cambios climáticos en esta época del año.

   Las lluvias tepuyeras cambian el paisaje en solo minutos, los ríos que nacen en la cumbre crecen y el agua empieza a escurrirse  por cualquier rendija de roca inundando los caminos que se han recorrido desde que se realizaron las primeras exploraciones a la cumbre que alberga los “Audanes” o demonios de la montaña.

   Comenzamos nuestra aproximación desde Kavac en horas de la tarde, lo que nos obligaba a correr durante toda la noche hasta el amanecer por caminos poco transitados sin la luz del día. Cuando desaparece el último rayo de sol la selva cobra intensidad, haciéndonos sentir vulnerables en cada paso que damos. Rubén con su instinto nos advertía sobre los peligros que afrontábamos y no en vano íbamos dejando atrás las temidas Mapanares (Bothrops Atrox) que habitan la Sabana de Guayaraca, lugar donde Jimmie Angel en 1937 despego su avioneta, la Río Caroní, para minutos más tarde aterrizar en la cima del Auyan en busca de un tesoro que nunca encontró.

   La meseta de Guayaraca es un lugar privilegiado para la cacería. Los habitantes de Santa Marta y Uruyen se desplazan hasta sus límites con la Selva Atabere para encontrar Lapas (Cunicules Paca), Dantos (Tapirus Terrestris) o Cochino de Monte (Pecari Tayassu), principales especies comestibles para los kamaracotos. Sin embargo la selva también representa un lugar de mucho respeto por las leyendas de los Mawari representados en forma de grandes culebras como las Cuaima Piña (Lachesis Muta) ó felinos como el Jaguar (Panthera Onca).

   Nuestro paso por Atabere se tradujo en  agotamiento extremo. La humedad producto de la poca circulación de aire como consecuencia de los elevados arboles nos hacia sudar desmesuradamente, además la fuerte subida y el comienzo de la lluvia hacían el trayecto mucho más difícil de lo que realmente es recorrerlo con la luz del día.

   El final de la selva se anticipa con  un  cambio de vegetación, la aparición de grandes formaciones rocosas nos acercaban al Danto  y el Peñón, pasos previos antes de la gran pared que nos separaba del punto mas alto del Auyantepuy. 

   A medida que ganábamos altura sobre el nivel mar la temperatura bajaba considerablemente y el agua seguía socavando el camino. Así logramos pasar raíces, enormes piedras hasta llegar finalmente a un extra-plomo antes del último ascenso que nos serviría para hacer un vivac que no teníamos planificado.

   La lluvia hacía muy difícil el camino y nuestra intención express de descender el Salto Ángel por la ruta de los Eslovacos en menos de 24 horas saliendo desde Kavac se hacía cada vez más riesgosa, por eso decidimos pasar la noche en la pared sur-oeste del Auyan.

   El riesgo en este tipo de expediciones rápidas es muy elevado si las condiciones no son las mejores. Sobre todo cuando el cansancio producto de las  grandes distancias recorridas a trote y el peso de las cuerdas empiezan a mellar el cuerpo. 

   Habíamos planificado llevar la menor carga posible, lo que nos hacia estar más expuestos ante las bajas temperaturas y la lluvia. Eran los riesgos que debíamos afrontar  debilitándonos hasta  decidir no atravesar la línea de "no retorno."

   Regresar tampoco es una tarea fácil, pero fue la mejor decisión, esta imaginaria línea de la que les hablo se traza con el consenso con todo el equipo de la expedición. ¿Hasta donde llegar entendiendo que cada paso después de atravesarla representa un elevado porcentaje de riesgo para alguno de nosotros?

   Nuestro regreso al Valle de Kamarata estuvo lleno de recuerdos que marcarán nuestras vidas para siempre. Entre los ríos Carrao y Akanan, Hiroma, la esposa de Rubén sufría por no tener noticias de la travesía en la cima del Auyan. Santos, fiel compañero de campamento no ocultaba su preocupación por las condiciones climatológicas de los días de la expedición.

   El gran aprendizaje no está en lo que hicimos o que dejamos de hacer. Está en la sencillez que encontramos en la mirada los habitantes de la comunidad. En el amor que nos mostraron su niños, los mismos que meses antes habíamos recibido en nuestras casas.  En la forma como cada una de las personas que nos esperaban al pie del Salto encontró su conexión con el medio que los rodeaba.

   El compromiso no está en que logramos, sino cómo lo alcanzamos. Hoy más que nunca podemos decir que el camino es la meta… Ahora nos toca andar con los pies descalzos y la mirada atenta para poder decir que si es posible descubrir nuevas formas de hacer las cosas, corriendo!

 

Alberto Camardiel

Instagram: @acamardiel

Twitter: @acamardiel


 

 

Fecha: Jueves 10 de agosto de 2017